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DON ANTONIO IPIÉNS LLORCA:

I PREMIO NOTARIOS Y REGISTRADORES

BIOGRAFÍA

ANTONIO IPIENS LLORCA nace en Murcia el martes 13 de marzo de 1923, de familia aragonesa por parte de padre (Biescas, Huesca) y murciana por parte de madre (Águilas, Murcia). Ambos progenitores eran universitarios –circunstancia poco frecuente en España al alborear el siglo XX– y el padre había ganado su Cátedra de Química en la Universidad antes de cumplir los veintiún años.

Apenas un año después de su nacimiento la familia se traslada a Valencia y en esta Ciudad comienza sus estudios de Primera Enseñanza en la Alianza Francesa. Al cumplir los diez años inicia el estudio del Bachillerato con los Hermanos Maristas y se examina en el Instituto Blasco Ibáñez; durante la Guerra Civil lo prosigue en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pamplona en los cursos cuarto, quinto y sexto; ya de regreso a Valencia, aprueba en el Instituto Luis Vives el séptimo curso; y hace la Reválida en la que obtiene el Premio Extraordinario.

Inicia también en esta ciudad la Licenciatura de Derecho en la que aprueba el primer curso con Matrícula de Honor en las tres asignaturas y, ya en Madrid desde el segundo Curso, la concluye con igual brillantez en el año 1945.


 
Don Antonio Ipiéns Llorca

Pertenece a la Primera promoción de la Milicia Universitaria y hace el servicio militar asistiendo, en los veranos de 1942 y 1943, a los cursos de la Milicia Universitaria (IPS, Instrucción Premilitar Superior) en el Campamento de Robledo en La Granja de San Ildefonso (Segovia). Y, acabada la carrera, realiza las prácticas como Alférez de complemento de Infantería en el Regimiento Inmemorial nº 1, del Infante Don Juan, en Madrid y Oliana (Lérida).

Completa su preparación de las oposiciones a Notarías en Águilas (Murcia) bajo la tutela del Notario Don Antonio Briones Barbero. Convocadas en 1948 Oposiciones en Burgos para cubrir trece plazas once en el Colegio, y dos más en el de Pamplona, a las que se presentan 269 opositores, obtiene plaza con el número seis. Le corresponde la notaría de Orduña (Vizcaya) de la que toma posesión el día 3 de febrero de 1949. Permanece en la ciudad casi dos años, hasta que obtiene por concurso de traslado la plaza de Mengíbar (Jaén, en el Colegio Notarial de Granada) y de la que se posesiona el 22 de noviembre de 1950.                  

Ingresa en el Cuerpo Facultativo de Letrados de la Dirección General de los Registros y del Notariado tras ganar su plaza en el Concurso de méritos de 1954. Y cesa en el Ministerio en 1988, año en el que toma posesión del Registro de la Propiedad número 37 de los de Madrid, y se jubila como Registrador el 22 de marzo del año 1993.

 Estos datos, biográficos en el más típico sentido, a los que se puede acceder a través de diversos archivos documentales, revelan una realidad inconcusa, pero fría y, en cierto modo deshumanizada. Son reales, muestran la verdad, pero una verdad que no deja de ser superficial y que no satisface porque dice poco o muy poco –si es que dice algo– sobre la personalidad del titular de aquellos datos, sobre lo que son su “ser” y su “estar” en el mundo. Su verdadera vida.

Por otra parte, ninguna biografía puede conocer los pensamientos que fueron anidando en la mente del sujeto a lo largo de los años y ha de ceñirse a lo que su conducta le hizo exteriorizar y permitió ser conocido por los demás. Y, aún así, de un modo limitado por el respeto a su intimidad.

Tratemos de introducirnos en varios aspectos de lo que es su vida.

I. SU VIDA PROFESIONAL

Sabemos que Antonio Ipiens fue a lo largo de su vida, Notario, después Letrado del Cuerpo Facultativo, y Registrador de la Propiedad por último. Siendo Letrado, impartió clases de Derecho Civil en ICADE, en época en que no se había integrado aún en la Universidad Pontificia Comillas, y fue secretario durante más de diez años de la Sección de Mercantil de la Comisión General de Codificación.

Todos estos datos son valiosos porque nos orientan para comprender lo que es su coeficiente intelectual y el cúmulo de conocimientos que ha tenido que atesorar para lograr tales cargos y para ejercerlos de modo reglamentariamente satisfactorio. Y nos ilustra para conocer que en ellos ocupaba la mayor parte de su tiempo y que algunos de ellos le permitieron obtener los recursos económicos que su vivir precisaba.

Pero lo que importa es saber que tal ejercicio no se realizaba por rutina, sin encontrarle sabor ni satisfacción, que no era “un trágala” practicado a regañadientes. Muy al contrario, ejerció sus cargos por una necesidad vital, vocacional, porque era lo que le gustaba y llenaba su vida, consciente de la importancia de lo que hacía y de sus consecuencias.

Don Antonio Ipiéns Llorca

No cabe duda de que el cargo que desempeñó durante más tiempo y, acaso, con mayor intensidad y fruto, fue el de Letrado de la Dirección General. Fue el más arduo, y el que le venía como un guante; y le fortaleció y le “configuró”, tallándolo en su verdadera dimensión humana. (No sería justo olvidar la influencia que en él tuvieron el ejemplo y la amistad de aquel gran hombre, aquella pasmosa reencarnación de un cardenal renacentista que fue Don Pablo Jordán de Urríes, Subdirector General de los Registros y del Notariado durante décadas).

Por ir a lo esencial, tuvo en la Dirección dos grandes trabajos de enorme dificultad y trascendencia. Y en ambos rayó a gran altura, brillando con luz propia y de modo admirable. Como encargado de la Sección de Recursos Gubernativos contra la calificación de Registradores, y como miembro, Vocal o Presidente, de Tribunales de Oposiciones a Notarías y Registros.

Redactó y propuso cientos de Resoluciones en las que resplandecía su saber jurídico, adobado con la equidad y el sentido común. Instauró la idea, felizmente mantenida, de que, tras los “Vistos”, la Resolución comenzase con una síntesis de la cuestión debatida. La argumentación, breve y enjundiosa, llevaba a la solución que era justa a su entender. Muchas de “sus” resoluciones merecieron comentarios elogiosos de los especialistas y se hablaba de la Jurisprudencia Registral.

Aunque con menor difusión pública, no le fue a la zaga en dificultad la tarea de actuar integrando los Tribunales de Oposiciones.

Presidió varios Tribunales de Oposiciones a Notarias por delegación expresa del Director General. Y, por designación nominativa, formó parte de los Tribunales de Oposiciones libres a Notarías de 1966 (Orden 9 de diciembre de 1966), de 1972 (Orden 23 de julio de 1972), de 1977 (Orden 22 de agosto de 1977), de 1983 (Orden de 18 mayo de 1983) y de 1984 (Resolución de 27 de junio de 1984); de las Oposiciones al Cuerpo de Aspirantes a Registradores de 1974 y de las Oposiciones a Letrados del Cuerpo Especial Facultativo (Órdenes de 18 de octubre de 1973 y de 18 de mayo de 1978).

Desde muy atrás era general la idea de que las Oposiciones convocadas por la Dirección General –Registros y Notarías– eran un ejemplo de justicia, equilibrio y seriedad, y era público que ello les daba un atractivo especial a modo de un imán para los opositores. Se entraba haciendo buenos ejercicios. Y nadie que no los hiciera, podía entrar. Y había, además, a lo largo del tiempo, una cierta unidad de criterio al juzgar los ejercicios gracias a la constante presencia en el Tribunal de los Letrados de la Dirección.

Antonio Ipiens no solo mantuvo activo este imán sino que lo potenció, porque la propia continuidad de su presencia en los Tribunales de Oposiciones sucesivas, le llegó a dar un eficaz y provechoso conocimiento personal de los opositores, facilitado por las conversaciones que, al día siguiente del ejercicio solían mantener algunos miembros del Tribunal con el opositor que lo pedía, hubiese o no aprobado aquél. Esta costumbre se constituyó para él en una necesidad, en especial cuando la entrevista se mantenía con aquellos opositores a los que no había sonreído el éxito en el ejercicio oral y a los que con una sencilla familiaridad prodigó sus orientaciones y consejos.

 ***

Consecuencia general de su paso por la Dirección fue la reafirmación de algo en lo que siempre creyó cualquiera que fuera el cargo que a la sazón ocupaba, y cuya exposición debe acentuarse con énfasis.

Siempre tuvo la convicción –y la practicó en su quehacer cotidiano– de que lo notarial y lo registral representaban dos aspectos complementarios de la vida jurídica que, juntos, formaban un sistema de gran nivel y altamente satisfactorio para la convivencia social. Y que podían ser un ejemplo en el mundo.

Y, a la vez, que los dos se necesitaban mutuamente, que solo podían y debían vivir unidos, en concordia plena, agigantándose de modo recíproco. Que lo contrario sería malo, y que el ir cada uno por su lado, aun sin verdadero enfrentamiento, siempre repercutiría en perjuicio de ambos

 

II. SU VIDA EXTRAPROFESIONAL

La mente del hombre es compleja. Al margen de aquello que le permite afrontar la vida con una cierta seguridad, con independencia de la profesión a la que ha de dedicar una parte importante de su tiempo, hay todo un cúmulo muy variado de inclinaciones, gustos y aficiones, que para muchos es un simple relleno de los ratos de ocio, y para otros -de mayor preparación intelectual y de cultura superior- pueden llegar a disputar primacía con aquella ocupación profesional.

Antonio Ipiens se halla en esta segunda clase. El ambiente familiar le hace estar inmerso en diversas formas de cultura desde que tiene uso de razón y así, por poner un ejemplo, comienza a conocer y a gustar de la música en la misma infancia. Poco a poco, la lectura incesante le va a abriendo sucesivos horizontes culturales y, en especial, el arte pictórico.

A la lectura le sucede la participación directa. Y su cultura musical (música sinfónica, óperas, zarzuelas, operetas) se desarrolla de modo asombroso; su colección de miles de reproducciones en discos y en su versión tecnológica moderna no se puede creer sin verla.

De modo paralelo, su afán viajero le permite completar sus conocimientos de pintura y arquitectura en toda Italia, Francia y Centroeuropa. Las catedrales, iglesias y pinacotecas de Roma, Milán, Florencia, Venecia, Nápoles, Munich, Berlín, Praga, etc., las conoce capilla por capilla y sala por sala.

Almacenado todo ello en una memoria prodigiosa, le permite planificar los viajes turístico-culturales de sus amigos dispuestos a pasar al menos una semana en cualquiera de aquellas ciudades y organizarles las visitas imprescindibles día por día y hora por hora, proporcionándoles sus horarios de apertura y cierre, y hasta las líneas de trenes, tranvías y autobuses que deben tomar y la frecuencia de su paso en minutos. La opinión general era que hubiera sido el excepcional e impagable director de una agencia especializada en turismo de alta cultura.

 

III. SU VIDA COMO HOMBRE

Con independencia de lo que en su vida fueran profesión, aficiones y gustos, lo definitorio es su concepto al vivirla como hombre.

 Hablo de un sentido íntimo de lo que es ser hombre y vivir como tal en la sociedad en que, por naturaleza, se está inserto. Un sentido que ni siquiera es preciso que él mismo haya podido identificar, ni darle un nombre. Lo ha vivido de un modo espontáneo, por pura necesidad personal.

 Es el saber que hay otros, que los demás existen. Y que su vida es esencial para la nuestra, que debería tenerlos presentes en todo momento. Antonio Ipiens ha tenido presentes siempre a los demás, y se ha hecho su prójimo, al tratar de ponerse a su disposición y de ayudarle.

 Como ayudó al opositor mal dirigido que no adaptaba la exposición de su saber a los límites de tiempo que el ejercicio oral implicaba; o al que había desenfocado su preparación con predominio de lo memorístico sobre el conocimiento de la esencia de cada institución que debe aflorar en los ejercicios escritos. Del mismo modo que ayudó al amigo que, desorientado, iba a comenzar sus vacaciones por Europa.

 Y esa es la causa de que no exista nadie que se haya encontrado con Antonio Ipiens Llorca en algún momento de su vida, que no tenga hacia él un sentimiento de cariño y gratitud.

 

           Domingo Irurzun Goicoa, Notario

ANTONIO IPIÉNS NOS HA DEJADO EL 3 DE JUNIO DE 2019

Antonio Ipiéns, representante señero de la sofrosyne, por José Aristónico en El Notario del siglo XXI

 

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Archivo abierto el 15 de febrero de 2012  

 

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