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¿CUÁNDO SALDREMOS DE LA CRISIS?

 

Daniel Iborra Fort, Notario de Vilafranca del Penedès (Barcelona)

 

Al día siguiente del debate en televisión entre Solbes y Pizarro, un conocido me preguntó mi opinión sobre el mismo y sobre cual había estado mejor.

Le previne que, como hablaban de economía, era mejor aplazar la calificación sobre el valor de sus diagnósticos y sus previsiones ya que sería el futuro el que se encargaría de poner a cada uno en su sitio.

Y se lo expliqué con el siguiente ejemplo. Hacía poco tiempo que un personaje popular, en una revisión medica, le diagnosticaron que tenía un tumor cancerígeno y maligno que debía extirparse inmediatamente, con el objeto que no se desarrollara peligrosamente.

Imaginemos que va a un segundo médico y éste le dice que el anterior era un catastrofista. Que su físico estaba como una roca y que sus bases de salud eran sólidas. Lo que tenía era un problema puntual derivado del frío invierno y que al llegar la primavera se corregiría con el buen tiempo y que no hiciera caso a esas predicciones tan pesimistas.

Esta es la versión que le gustaría oír tanto a el como a su familia y a su círculo más próximo.

Pero, si el primero tuviera razón, se iniciaría un proceso de deterioro de salud del enfermo que acabaría inevitablemente con su vida y paralelamente, con la imagen de profesionalidad y responsabilidad del segundo.

Al nerviosismo de la familia, seguiría la indignación y, con ella, una reacción tardía que acabaría concretándose, si se canaliza jurídicamente, en una de tantas denuncias que publican los medios por diagnóstico erróneo con resultado fatal.

Corresponsables de este error trágico son los que colaboraron con sus consejos o su pasividad a que tomara aquella decisión tan equivocada.

Y le di mi interpretación de lo que había pasado en la economía española en los últimos años.

Con la introducción del euro, se produjo la consolidación de los tipos de interés a un nivel mínimo desconocido desde hacía 25 años. España, por sus datos económicos y su pertenencia a la Unión Europea, gozaba de una gran reputación exterior que llegó a su máximo en el 2002, lo que facilitó la obtención de grandes recursos financieros de todas las instancias y mercados internacionales, en un momento de abundancia de liquidez y bajos tipos de interés.

Tanto los créditos de consumo como de adquisición de inmuebles, se aprobaron en gran parte sin los límites que marcaba la prudencia y la solvencia de los prestatarios intentando, con la ampliación del número de operaciones, compensar la reducción de márgenes financieros de las entidades.

Este planteamiento tenía un problema, la escasa renta de la población con una mayoría cobrando sueldos que no sobrepasaban los 1.200 euros. Si difícilmente se puede llegar a final de mes con el sueldo neto imagínense después de pagar las cuotas del endeudamiento.

El crecimiento del consumo no se financió con las rentas de los ciudadanos que se habían reducido por la introducción del euro y el incremento de la inflación real por encima de los crecimientos nominales de los salarios e ingresos anuales sino por la financiación bancaria. Todo ello, potenciado por el proceso de creación de empleo poco cualificado en sectores de expansión coyuntural como el de la construcción y de baja productividad como el de servicios que absorbió una emigración exterior creciente de muy difícil incorporación a sectores más productivos, que requieren una mayor preparación técnica.

El proceso expansivo se iba a extinguir conforme se generalizara entre la ciudadanía el acceso al crédito ya que, si a las menguadas rentas se les deducían las cuotas de los préstamos, el poder adquisitivo residual apenas podría alcanzar al mínimo vital.

Y, en cuanto a la adquisición de inmuebles, cuando los bancos redujeran a porcentajes mas prudentes la financiación y los particulares tuvieran que aportar el 30/40% del valor del inmueble para que cubriera el diferencial de financiación, los impuestos, los gastos y el acondicionamiento de la vivienda.

A esto se sumó la reducción del flujo de capital exterior en paralelo a la pérdida de confianza de la economía española en los mercados internacionales por la elevada inflación, el gran desequilibrio exterior, la pobre competitividad de su economía y los problemas del sector inmobiliario.

En el año 2006 comenzó la recesión en el mercado inmobiliario. En los índices de los registradores las compraventas se redujeron en ese año un 7’2%. En el 2007, el primer semestre acabó con una disminución de un 10’6 que se agudizó en el segundo semestre hasta alcanzar un 14% para todo el año. Y continuó agravándose en el 2008 con una reducción que, al final del primer trimestre, se acercaba al 40%.

Es decir, antes de la crisis inmobiliaria de E.E.U.U. teníamos una crisis propia que se ocultó, por ignorancia o interés, por gran parte de los medios de información general hasta que apareció la tradicional excusa exterior (como siempre E.E.U.U.) que permitió camuflar la responsabilidad de nuestra gestión económica. Sino fuera así ¿por qué a finales del 2007 habían cerrado la mitad de agencias inmobiliarias? ¿no sería por que llevaban 2 años con una gran recesión de ventas y no por los 3 o 4 meses anteriores, desde la crisis en E.E.U.U.?

Creo que a partir del 2005, cuando se vio que no podía continuar la economía haciendo más casas que tuvieran salida para una demanda solvente, la política económica tenía que haberse concentrado en la promoción de cosas, con objeto  de mantener la producción, la renta y el empleo y hasta el nivel de ingresos públicos.

Había que potenciar el sector productivo haciendo un gran esfuerzo para que se constituyera en alternativa para un sector de la construcción, sobredimensionado y al borde de un ajuste, incentivando todos los procesos de reducción de costes y mejora de la calidad, intentando asegurar la competitividad arruinada por la revaluación del euro sobre el dólar, el incremento del diferencial de inflación en relación a los países competidores de la zona euro desde su introducción y por el déficit de calidad en tantos sectores que afectan a la producción (ej. infraestructuras, educación técnica, investigación, marco legal empresarial y laboral, energía,…).

Entonces ¿cuándo saldremos de la crisis? Cuando antes sustituyamos el modelo especialmente centrado en la producción de casas por el de producción de bienes y servicios competitivos internacionalmente, en precio y calidad, única manera para que, con la generación de renta y empleo en otros sectores, se asegure el futuro del sector de la construcción y sus ramas auxiliares y complementarias. 

 

DANIEL IBORRA FORT, NOTARIO Y ANALISTA DE INVERSIONES

(artículo enviado a la Redacción por el autor y publicado el 11 de agosto de 2008 en El Economista)

 

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desde el 9 de septiembre de 2008.

 

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