No sin mi voto.

Admin, 29/09/2017

¡NO SIN MI VOTO!

(MI OPINIÓN SOBRE EL PROCÈS DE CATALUÑA)

JOSÉ FÉLIX MERINO ESCARTÍN 

 

El silencio puede llegar a quemar. Escribo estas líneas desde la tristeza y el asombro al observar a qué situación hemos llegado, con emociones negativas a flor de piel, sintiendo a la democracia, que creíamos consolidada, gravemente enferma en una parte esencial del territorio.

Han pasado ya casi cuarenta años desde que nos dimos una Constitución que fue producto de un pacto social entre todos los españoles, de izquierdas, de centro y de derechas, centralistas y autonomistas, que cosechó un importante consenso, con más de un 90 por ciento de votos catalanes favorables. 

Nuestra Constitución, ya desde el principio, sirvió y sirve de cimiento de paraguas ¡para tantas cosas!…, como, por ejemplo, para permitir construir un Estado social de derecho, aunque sea imperfecto, o para descentralizar el poder, reconociendo autonomías, realidades identitarias dentro del conjunto, como la catalana, democratizando, en definitiva, el territorio.

Ahora, 39 años después, es evidente que las sensibilidades en muchas partes del Estado y especialmente en Cataluña han evolucionado, cuestionando esa descentralización, que unos consideran insuficiente y otros excesiva, o discutiendo las consecuencias de la situación económica y social, especialmente tras la profunda crisis económica padecida que tanto ha hecho sufrir a amplias capas de la sociedad que sienten desapego por un sistema que, según su criterio, los maltrata.

En buena lógica, ello debería de llevar -tras 40 años y dos generaciones casi que no han votado la Carta Magna-, a revisarla para adaptarla a las querencias y aspiraciones del siglo XXI. 

Pero evolución del pacto nunca ha de ser ruptura por fragmentación o desestabilización.

La Constitución de Estados Unidos, por ejemplo, lleva más de 200 años en pie y no se cuestiona, aunque, a lo largo de su dilatada vida, sí que se hayan aprobado enmiendas a la misma. Pero no se le ocurre al gobernador del estado de Florida ni a su legislativo elaborar una ley que, contraria a esa Constitución, sirva de apoyo para organizar un referéndum de secesión. De hecho, ninguna Constitución prevé el derecho a la autodeterminación, salvo la de Etiopía, que yo sepa.

Puede que a mis 61 años me esté haciendo mayor, pero hay en todo este proceso algunos aspectos que no me caben en la cabeza, que me chocan:

No comprendo cómo en un estado como España, de corte netamente democrático, se pueda producir tamaña subversión del orden constitucional, pues, como dice Kennedy, “los estadounidenses son libres de estar en desacuerdo con la ley, pero no de desobedecerla”.

No comprendo cómo partidos de izquierda luchen por crear fronteras en vez de por suprimirlas o que aludan a que España les roba, cuando en su seña de identidad se encuentra la redistribución de la riqueza, sea entre personas, entre regiones o entre estados.

No comprendo cómo se puede dar la espalda a tus mejores clientes, atacar sus símbolos e intentar desprestigiarlos a lo largo y ancho de todo el mundo.

No comprendo cómo se puede tergiversar la historia o la realidad presente -incluyendo las consecuencias de las decisiones- y que la gente se lo crea de una manera tan sorprendente. Por ejemplo, el alcance que da la ONU al derecho de autodeterminación o la situación cara a la Unión Europea.

Intento entenderlo, pensando que mi visión de la realidad siempre tiene un tamiz jurídico, aunque sea inconsciente, y que la mayor parte de la gente “pasa” de esa regulación jurídica, sin percatarse de que es un sustento básico de la sociedad en la que vivimos, que evita que se convierta lo cotidiano en una jungla.

No comprendo cómo se puede sembrar la cizaña de la división entre familias, amigos o vecinos.

No entiendo la suicida osadía de dirigentes que azuzan con vientos huracanados la nave de sus votantes hacia peligros evidentes, con un claro riesgo de confrontación civil física o de un deterioro económico gravísimo, tanto para Cataluña como para el resto de España.

Parecen olvidar que, a lo largo de la historia, la independencia solo se obtiene con pactos o ganando una guerra. Dos poderes que no se reconocen no pueden convivir en un mismo territorio y acabará imponiéndose el más fuerte.

No comprendo cómo no son conscientes de que la Constitución ata todavía más a las autoridades del Estado que a las autoridades catalanas, porque los poderes públicos de ámbito estatal se deben como los que más al cumplimiento de la Constitución y a hacerla prevalecer.

Y no tienen elección al respecto. 

Se pueden criticar sus políticas, pero, ante el desafío de las normas básicas del estado de derecho, estas autoridades no tienen más remedio que cumplir y hacer cumplir la ley por todos los medios legales que tienen a su alcance.

Alucina cómo no se es consciente de consecuencias tan prosaicas pero tan directas en la vida cotidiana, como la creación de fronteras por ejemplo a las puertas de Lleida o de Vinaròs; la destrucción de la mejor liga del mundo, después de lo que le ha costado al Girona subir; la imposición de aranceles para los productos, la deslocalización de las empresas ante el drama de pagar a dos haciendas, el aumento de la prima de riesgo que después a la larga entre todos tendremos que asumir; el ejemplo desestabilizador para otras zonas de Europa, con Rusia frotándose las manos, la imposibilidad de que se haga respetar las leyes de la supuesta Cataluña independiente, cuando no ha sabido respetar ella las españolas en general ni las suyas propias en particular…

No comprendo que siempre se aluda a que Cataluña paga más respecto a lo que recibe (118 sobre 100), lo cual es cierto, pero, en cambio, se silencia que la centralista Madrid aporta 141 por los 100 que recibe.

¿Tan diferentes somos que necesitamos dibujar más fronteras, justo en una época en la que se van diluyendo? Vivimos unos tiempos en los que el poder cada vez se comparte más en sus diversos niveles, local, provincial o de vegueries, autonómico, estatal, comunitario o internacional a través de tratados.

El voto en democracia es fundamental, pero no de cualquier manera, a cualquier cosa y a cualquier precio, pues existen relaciones profundamente imbricadas que no se pueden romper unilateralmente.

En el procès se están ventilando materias que no sólo afectan a Cataluña, sino a todos los españoles.

Por ello, NO SE ME PUEDE PRIVAR DE VOTO en la solución del conflicto, no se nos puede privar de voto al conjunto de los españoles, porque el proceso catalán me afecta y nos afecta a todos los españoles de una manera intensísima tras 500 años de vida en común, 20 generaciones. 

– Porque el pacto de la Constitución es de todos y no se puede romper unilateralmente, y en ella se reconoce mi derecho, unido al del conjunto de los compatriotas, a decidir sobre nuestro futuro común. Y ahora se nos pretende hurtar ese derecho.

– Porque si un jersey pierde una manga, acaba deshilachándose en su integridad más temprano que tarde y, abierta la veda, otras zonas del territorio prepararán su propio procès hasta que de mi país sólo quede un recuerdo en libros de historia que ni siquiera estudiarán.

– Porque hace extranjeros a españoles en su propia tierra.

– Porque provoca en el conjunto de la sociedad española una contra reacción que puede ser peligrosa incluso para la democracia en la que vivimos.

Si el futuro político y económico de mi país está en juego, si puede peligrar la democracia de la que gozamos, si corremos el riesgo de enzarzarnos en una confrontación civil, es evidente que lo verdaderamente democrático es que todos podamos votar y no se imponga la decisión de ¿dos millones? a 47 millones de personas.

Y tenemos todos derecho a hacerlo porque a todos nos va mucho en el empeño, no solo al gran pueblo de Cataluña, a quien, incluso en estos momentos convulsos, de seguro que la mayoría de los españoles mantiene su aprecio en su conjunto y especialmente a los catalanes que han tenido ocasión de conocer. Ese es un buen ejercicio mental que recomiendo a unos y a otros: pensar en las personas que tratas o has tratado –no en las que salen en la tele- y creo que podremos observar que se nos dibuja una sonrisa de relajación, que renace esa corriente de simpatía que nunca debe de desaparecer.

Yo no quiero que España acabe como los Balcanes ni quiero que se siga deteriorando las relaciones personales entre las buenas personas de Cataluña y el conjunto de los que habitamos en este estado tan rico en su pluralidad.

Por eso, pido respeto al estado de derecho que entre todos nos hemos dado y, una vez preservado del gran embate al que está sometido, diálogo, mucho diálogo, para canalizar el sentir de las nuevas generaciones. Es fundamental incidir en la racionalidad y en el seny de nuevo, analizando en profundidad porqué amplísimas capas de la sociedad catalana se han movilizado con tal intensidad, porqué muchos han evolucionado en su manera de pensar y en cómo canalizar las aspiraciones profundas de la sociedad civil para que se puedan plasmar en las leyes que nos gobiernan.

Pero, por otro lado, tenemos una realidad política y geográfica -España- que es muy anterior a la Constitución, que hemos de preservar, porque se lo debemos a las generaciones pasadas y futuras, que no debe de convertirse en una nueva Ex Yugoeslavia o quedar, vaciada de competencias, en una mera cáscara ingobernable.

Ardua tarea, pero siempre es mejor intentarlo que caer en un enfrentamiento entre hermanos.

29 de septiembre de 2017.

 

 

SECCIÓN OPINIÓN

VER ARTÍCULO DE JAVIER MÁXIMO JUÁREZ EN TRANSPARENCIA NOTARIAL

 

  

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