Grandes braguetazos de la Historia: Aníbal

Grandes braguetazos de la Historia: Aníbal

Admin, 17/04/2016

GRANDES BRAGUETAZOS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA: ANÍBAL

Agustin_Fernandez_Henares

por

AGUSTÍN FERNÁNDEZ HENARES

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NOTARIO DE TORREMOLINOS (MÁLAGA)

 

PREFACIO

La pretensión del autor no es ni mucho menos, la de efectuar un ensayo histórico sobre los temas abordados, para lo cual, obviamente, no se considera capacitado. Su pretensión es mucho más ambiciosa.  Es nada menos que la de hacer sonreír, en estos tiempos crispados y aunque sea por unos minutos, a aquellos compañeros que no tengan nada mejor que hacer que leer estos «sueltos históricos». Si lo consigue, aplaudidle; si fracasa, sed indulgentes con él. Y si ofende a alguien, perdonadle de antemano, porque esa no es su intención.

 

CAPÍTULO I

ANÍBAL

            El diccionario de la RAE da la siguiente definición de braguetazo: «casarse por interés con una mujer rica» .

            No hay ninguna duda de que el braguetazo es un acto tan viejo como la más vieja de las profesiones, y que, por tanto, tuvieron que pegarse braguetazos de leyenda desde la más remota antigüedad. Quién sabe si el pintor de Altamira, en vez de pasarse el día cazando y pescando como todo el mundo, pudo dedicar su tiempo a tan magna obra gracias a un buen braguetazo. Pero hasta el momento, la investigación arqueológica nada ha podido desvelar al respecto.

            De lo que no cabe duda es de que el primer braguetazo documentado de la historia de España, lo protagonizó nuestro compadre Aníbal.

            El lector avezado, especialmente aquél cuyo plan de estudios escolar es anterior al BUP, recordará que nuestros pobres libros de texto, ilustrados únicamente con alguna que otra fotografía en blanco y negro y algún dibujo, decían que «Aníbal fue un general cartaginés que…». Nada más lejos de la realidad, y me explico, para lo cual tenemos que hacer una breve digresión histórica.

            Año 241 antes de Cristo. Batalla naval de las Islas Egadas. Después de 23 años de guerra brutal entre las dos grandes potencias mundiales, Carthago y Roma, la primera es derrotada definitivamente, y tiene, entre otras condiciones, que entregar a Roma la isla de Sicilia, objeto de la disputa.

            Esta Primera Guerra Púnica fue fundamentalmente una guerra naval. Hasta tal punto, que los historiadores sostienen que las más grandes batallas navales de la historia de la humanidad, no fueron ni la de Lepanto, ni la de Trafalgar, ni la de Midway, por citar algunas; no. Las más grandes batallas navales de la historia, no solo en cuanto al número de marinos luchando, sino de naves implicadas, tuvieron lugar en esa Primera Guerra Mundial de la Antigüedad. Polibio cuenta que en la batalla de Ecnomo, en la costa sur de la isla, se enfrentaron en total unas 680 naves. Entre tripulación y soldados cada nave podía llegar a tener unos cuatrocientos ocupantes, así que, imagínese el lector el número de combatientes.

            Y resulta curioso saber que la primera potencia naval del mundo perdió una guerra marítima frente a una nación de agricultores de secano. Pero ésta no es más que una de las muchas ironías de la Historia.

            Y aquí, ya empezamos a enlazar con nuestro protagonista. Cuando Carthago entrega Sicilia, en el interior de la isla hay un joven comandante llamado Amílcar, invencible ante las invencibles legiones romanas (otra ironía), que a regañadientes, abandona los montes Erix y Pellegrino, donde se había encastillado; eso sí, sin abandonar las armas y con sus hombres mirando despectivamente a los invasores.

            Imagine el lector el profundo resentimiento que le acompañaría en su regreso a Carthago, aumentado, si cabe, cuando se enteró de las condiciones leoninas que aceptó su Gobierno en el Tratado de Cayo Lutacio Cátulo, cónsul de turno que impuso los términos de la rendición. Dicho tratado sólo es igualado en torpeza por el de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Y lógicamente, ambos tratados fueron el germen de las respectivas Segundas Guerras, Púnica y Mundial. Pero esa es otra historia.

            Y todavía el resentimiento de Amílcar aumentaría aún más cuando el gobierno de su país se negó a pagarle la soldada a sus hombres. En Carthago los soldados eran profesionales; el ciudadano normal no estaba para las penalidades propias de la guerra. En Roma, sin embargo, los soldados eran, en aquella época, ciudadanos que tenían el honor de defender sus haciendas, familias y animales, costeándose su propio equipo militar.

            Pues bien, buscando el bueno de Amílcar una solución a la ruina económica de su país, y una satisfacción a la afrenta recibida, yo me lo imagino auscultando, mapa en mano, aquéllos rincones del mundo donde pudiera recalar: Oriente… demasiado trillado; norte y sur… demasiado pobres. ¿Occidente? ¡Sí! ¡Cómo no se le había ocurrido antes! Hay un territorio llamado Iberia, inmenso de extensión, y lleno de riquezas. Tiene el problema de que sus habitantes son unos perfectos salvajes y se pasan la vida peleándose entre sí y contra todos los demás; pero ahí está la ventaja. A diferencia de Roma, que es un Estado unido, a estos salvajes los vamos a ir sometiendo de uno en uno, pensaría Amílcar.

            Así que, con estos planes, hizo las maletas, y, como se imaginaba que el viaje iba a durar, se llevó consigo a sus tres niños Aníbal, Asdrúbal y Magón, para que fueran conociendo mundo.

            Aníbal, que era el mayor, tendría entre nueve y diez años cuando atravesó el Estrecho. Y como todo el mundo sabe, uno no se siente natural del lugar donde ha nacido, sino del lugar donde ha ido al colegio, ¿verdad? Y el aprendizaje de Aníbal se produjo aquí, en el Sur de Iberia. Por tanto, ya me dirán ustedes de dónde se sentiría el jovenzuelo de Aníbal cuando hubiese degollado a algunos cientos de enemigos, y gozado de los legendarios favores de las «puellae gaditanae». Si a eso le añadimos que su madre era seguramente de origen ibero, pues ¡miel sobre hojuelas!

            Pero la felicidad juvenil nunca es duradera, y su gran admirado padre, invencible ante Roma, en un rifirrafe de tercera división murió en un lugar, hoy desconocido, llamado Heliké. Los habitantes de Elche de la Sierra insisten en que fue en esta localidad albaceteña, y hasta le tienen hecho un monumento a este extraordinario General.

            El mando lo asumió su cuñado Asdrúbal (llamado «El Bello» para no confundirlo con su hermano), el cual siguió, sin duda, los planes trazados por el patriarca. Fundó una ciudad inexpugnable (o casi), llamada Nueva Carthago, la actual Cartagena, y siguió con las conquistas, hasta que cayó igualmente, esta vez asesinado.

            Había llegado la hora del mayor de los tres «cachorros de león» de Amílcar.

            Tendría Aníbal, por esas fechas, unos veinticinco años, y nos lo podemos imaginar, delante del altar de Baal, dios púnico de la guerra y el trueno, diciendo entre dientes con la mirada torva:

            -«No te preocupes papá; tú no has podido, pero te juro que, en tu nombre, se van a enterar esos perros romanos de quiénes somos los Barca».

            Pero claro, aquí está la madre del cordero en todas las guerras. Las guerras son como el fútbol: gana siempre el que le echa más billetes (sólo a igualdad de billetes, ganan los mejores). Dicen que Napoleón (no sé si será cierto) insistía que, para ganar una guerra, sólo hacían falta tres cosas: dinero, dinero, y más dinero.

          Pues bien, si Aníbal quería cumplir su juramento necesitaba dinero, mucho dinero; porque la idea que lo traía sin dormir era fabulosa; pero fabulosamente cara.

Estatua de Himilce en Baeza.

Estatua de Himilce en Baeza.

     Y aquí es cuando aparece la niña del alcalde de Linares, o, mejor dicho, Himilce, la hija de Mucro, reyezuelo de Cástulo. Tenemos que puntualizar que en aquella época Cástulo era la «nación» más rica y extensa de toda Iberia, ya que tenía aceite, vino, cereales, plomo, plata, y mil recursos más; y, sobre todo, unos guerreros verdaderamente feroces.

            Así que papá Mucro vio que este Aníbal era un buen partido, porque el muchacho, gran militar, lo ayudaría en sus conquistas de los pueblos vecinos, y Aníbal vio que casarse con Himilce era pegar un braguetazo «plusquam punicum».

            No tenemos ninguna descripción de Himilce; a mí me gusta imaginarla como una morenaza andaluza de rompe y rasga. En Baeza, la tradición dice que una estatua ibérica que adorna una fuente, es la princesa Himilce; vaya usted a saber. De todas formas, el tiempo ha desgastado mucho la roca de arenisca en la que se esculpió la estatua, y sus rasgos son apenas reconocibles.

            Y también quiero imaginarme que, en alguna noche feliz de luna llena, mientras que en Palacio se comía y bebía copiosamente al calor del fuego, y se contemplaba el futuro con optimismo, papá Mucro sonreiría feliz de ver a su hija, todavía más feliz, con aquel hombre que maniobraba magistralmente en todos los terrenos. Me lo imagino escuchando atentamente las sugerencias de su yerno, y diciendo:

            -«¡Eso que me has contado de los bichos esos, los elefantes, es increíble!… ¡Destruyen las líneas enemigas y espantan a los caballos sólo con su olor!… nunca he visto ninguno… ¿tú crees que de verdad necesitamos comprar un elefante para la próxima campaña?… ¿Cien elefantes? ¡tú estás loco; eso cuesta una fortuna!».

            Y entonces intervendría Himilce, sentándose en el regazo de papá:

            – ¡Venga papá, no seas roña! ¡Estírate un poquito! ¿Te imaginas la cara que va a poner el enemigo cuando los vea?

            Y así, poquito a poco, se empieza por los elefantes (que se quedaron en treinta y siete), y después se sigue por los jinetes númidas (muy caros, pero los mejores); se continúa por la infantería libia (carísima, pero temible); y se redondea con noventa mil infantes iberos de nada, honderos baleares, galos de bajo coste, pero muy salvajes, y las correspondientes vituallas y munición para una campaña cortita ahí al lado… vamos, al otro lado de los Alpes, para ser más exactos. Y ahí está papá con cara de resignación dando la orden de doblar el número de esclavos y de turnos en las minas de plata.

            El único detalle que quedaría pendiente sería el relativo al deseo de Himilce de acompañar a su marido en la campaña, más que nada por el peligro que las italianas podrían suponer. Pero al final es evidente que se impuso la cordura, e Himilce se quedó en tierra.

            El resto de la Historia, ya lo conocemos. Polibio lo llamó Guerra de Aníbal y Tito Livio, Segunda Guerra Púnica. Pero ninguno se preguntó de dónde había sacado Aníbal tanta pasta.  Tampoco hay constancia documental de que Aníbal e Himilce se volvieran a ver jamás.

            FIN

            Agustín Fernández Henares.

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RINCÓN LITERARIO

LA SONRISA JURÍDICA

ALGO + QUE D.

 

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Nuestros lectores opinan

  1. Anatoya

    Querido Agustín .
    Me ha encantado ver que no sólo yo estoy interesada por Aníbal, sino que hay otros compañeros que también tienen aficiones históricas.
    He leído con mucho interés tu artículo, porque Aníbal es uno de mis personajes históricos favoritos.Creo que la Historia le ha tratado injustamente, presentándole como un zafio y bruto general, cuya única mención destacada es el famoso cruce de los Alpes con los elefantes, cuando era un magnífico estratego dotado de profunda inteligencia.
    Respecto a lo del braguetazo, siento discrepar contigo. Cierto es que se casó con Himilce porque su padre era un gran jefe ibero, y le convenía la alianza con estos pueblos para poder moverse por la península ibérica sin problemas y poder pasar a Italia y de este modo aniquilando Roma, cumplir su sueño de venganza por la muerte de su padre Amílcar Barca. Y es cierto que Himilce no le acompañó a Italia y que permaneció en España y también que Aníbal le fue infiel con varias prostitutas, especialmente con una de ellas en la campaña de Italia.
    Hay varias versiones acerca de la relación matrimonial de Aníbal e Himilce, pero una de las que he leído (la que más me gusta por romántica) sitúa a Himilce en Cartago, en casa de Aníbal cuando éste regresó de la derrota de Zama (¿201 a.c?, ahora no recuerdo la fecha exacta). Aníbal había dejado a su esposa al cuidado de Giscón y éste consideró que lo más acertado era acompañarla de regreso a casa de su marido. Aníbal, tras esa terrible derrota (y triunfo de Escipión), rehízo su vida en el más amplio sentido de la palabra y además de ser nombrado sufete y realizar una maravillosa obra de reorganización de Cartago con impulso de su economía (castigada por las terribles indemnizaciones que hubo de pagar Cartago a Roma tras su derrota), inició una relación conyugal con Himilce, de amor y mutuo respeto. Y cuando Aníbal hubo de huir de Cartago, llevó a Himilce consigo y ella estuvo a su lado hasta su muerte.
    Por ello, estoy de acuerdo contigo en que no se casó por amor, sino por interés político o militar, más que por dinero, pero discrepo en lo demás y que luego el matrimonio perduró.
    Quizá hayamos consultado fuentes diferentes. Me consta que en Linares (Cástulo) hay o había una plaza llamada de Aníbal e Himilce con una estatua en la que se supone están ambos representados.
    Lo que importa es que nos interesa la Historia y no sólo el Derecho.
    Un abrazo y encantada de haber departido contigo,
    Ana Victoria (Anatoya) García-Granero Colomer
    Notario de Toledo

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